BAAKIR. (IV CERTÁMEN DE RELATOS CRIMINALES ICAV)
BAAKIR
I
El calor del sol navideño se negaba a entrar en aquella salita inhóspita
de la Jefatura Superior de Policía. Te ibas a someter, por iniciativa propia, a
una prueba dactiloscópica. Tus manos largas y fuertes, se presentaban ajadas
por el que entonces era tu trabajo en una fábrica de muebles en Beniparrell.
Ganabas algo más de mil euros. Lo suficiente para sobrevivir y enviar algo de
dinero a tus dos esposas y a tus cuatro hijos –un retoño por cada vez que
volvías a tu tierra, por vacaciones-. Creías tener treinta y dos años. Naciste
en una aldea de pescadores a unos cien kilómetros de Dakar. Allí, una mafia
relacionada con la concesión de licencias para la pesca te arrebató a tu padre
de dos tiros cuando, según tus cuentas, apenas habías cumplido siete años de
edad. Desde entonces hasta que te viniste a Europa vivías anejo a dos sueños:
volver a Senegal con suficiente dinero para que tu madre y tus cuatro hermanos
vivieran cómodamente el resto de sus vidas y conseguir un autógrafo de El Piojo
López. Y es que, a diferencia de la inmensa mayoría de tus amigos, seguidores
del Barcelona C.F. y del futbolista Zinedine Zidane, todavía no sé por qué
extraña razón, eras aficionados del Valencia C.F. (como yo).
Con una camiseta antirreglamentaria del equipo che y una pequeña bolsa
de deportes con todas tus pertenencias, tomaste un vuelo hacia París
aprovechando un visado como estudiante de tercer curso de informática.
Seguramente tenías 21 años. Era la forma más fácil, cómoda, rápida y, por
supuesto, menos peligrosa de entrar en Europa. También la más cara. Aquel viaje
dejó a cero los 3.000 euros que habías conseguido imprimir, en tu libreta de
ahorros, con tintas de sudor y ayuno. Sin embargo, una vez en el aeropuerto
Charles de Gaulle, la policía francesa no te dejó pasar de la terminal. Aun no
te explicas por qué. Muchos de tus primos lograron entrar así en el viejo y
achacoso continente. No te rendiste. En cuanto pudiste ahorrar otra pequeña
fortuna volviste a intentarlo. En la segunda ocasión, arriesgaste la vida. Pudiste
jugártela en un cayuco, desde Mauritania a las Islas Canarias, pero tú querías
alcanzar la península, querías llegar a Valencia. Así que lo intentaste por el
estrecho, por Algeciras.
Cruzaste el desierto del Sahara para llegar a Marruecos, a Tetuán. Esperaste
trapicheando durante meses hasta conseguir “billete” con destino Cádiz. El 6 de enero de 2000, el día
de Reyes, te personaste en un punto de la costa entre Tetuán y Al Hoceima.
Aprovechando la relajación de la vigilancia costera y un mar dormido, partiste
en un bote a motor capitaneado por un ex-soldado mauritano, junto a otros
dieciocho jóvenes senegaleses, marroquíes y malíes. El viaje a la tierra de las
oportunidades valía un mal rato y 800 euros. Remasteis mar adentro sin hacer ruido
y, cuando de la tierra a penas divisabais una línea engullida por el mar,
navegasteis a motor hasta que se acabó la gasolina. La luz de la Luna dejó de
delatar vuestra posición. Mar rizada. El temporal no tuvo a bien avisaros. En
instantes, lo rizos dieron paso a los bucles y a la proa le dio por jugar al
escondite con las olas. Te sentías dentro de un inmenso tintero cada vez más
agitado. Hinchado de Coca-cola y arroz, asido fuertemente a la borda, no podías
moverte preso del hacinamiento, de un frío asesino y de un miedo intenso.
Además del estrépito de los pantocazos del casco, empeñado en estrellarse
contra el oleaje desde cada vez más altura, y del continuo choque de los
cañonazos del viento contra vuestros insignificantes cuerpos, oíste, en varias
ocasiones, un grito desgarrado. Alguien del pasaje quería tirarse al agua. Tú
no, Baakir, tú no. Porque tú, que ni sabías nadar ni hubieras podido hacerlo
por tu aterimiento, dedicabas las pocas fuerzas que te quedaban a animarte a ti
mismo. “Resiste Baakir, resiste”. Sabías que si aflojabas la mano caerías al agua
y nada ni nadie te ayudaría, ni
tan siquiera el amuleto grisgrís al que se aferraba tu otra mano. Acababas de
encomendarte a la voluntad de Alá (en wolof, tu idioma natal), cuando
advertiste la luz azul de una patrulla de la Guardia Civil (que, por lo visto,
no toma roscón de Reyes). Tuviste tiempo de deshincharte del arroz y de la chispa
de la vida, de recordar a la familia y al viejo cayuco de baobab que, por toda
herencia, dejó tu padre, de arrepentirte por haber deseado morir rápido
envuelto de angustia e hipotermia y de dar gracias a la benemérita por su más
que oportuno auxilio. A tres de
tus compañeros de travesía, el mar terminó por ahogar sus sueños y con ellos,
sus vidas.
En el Centro de Internamiento de Extranjeros “La Piñera” de Algeciras a
penas estuviste unas semanas. No había sitio. No había aire. Allí te
agradecieron la visita con una orden de expulsión en merito a la negativa a
descubrir tu país de procedencia. Un primo-hermano te enseñó que si las
autoridades no sabían de donde eras originario no podrían repatriarte. Estabas allí, en España y estabas vivo.
Lo habías conseguido. Tus plegarias dieron fruto y el camino se te mostraba
serpenteante, pero se te mostraba. Resultó más recto gracias a la ayuda de un
voluntario de la Cruz Roja con la que pudiste comprar un billete de autobús en
busca de la dedicatoria de El Piojo López. Cuando llegaste a Valencia (ese día
tu ídolo marcó dos goles), pernoctaste en un centro de acogida de Caritas. Pero
también llegaste a hacerlo bajo el puente de Ademuz en el jardín del cauce del
río Turia, hasta conseguir un trabajo de vendedor de deuvedés piratas -por
el que llegabas a obtener diez euros al día- y poder compartir piso y demás
gastos esenciales con otros jóvenes senegaleses.
Me contabas tu historia con una sonrisa de oreja a oreja, seguro de que
el examen al que ibas a someter a las yemas de tus dedos demostraría tu
inocencia y acabaría con tu pesadilla. Hablabas un español magnífico y hacías
continuo uso de expresiones cotidianas sorprendentes. ¿Cómo era aquello que
decías consciente de tu salero? ¡Ah, sí!: “¡No
pot ser, che!”. En África vivías en la miseria y en España casi. Pese a que
las condiciones laborales que te ofrecieron aquí eran ínfimas o, simplemente,
no eran, todo tu infortunio lo dabas por bueno convencido de que no tardarías
en encontrar un trabajo que incrementara con rapidez el saldo de tu flamante
libreta de ahorros. Fuiste recolector de naranja, vendedor ambulante de baratijas,
obrero de la construcción y cuidador de ancianos, hasta que te ofrecieron ser
tupista y pasar de ganar -o no- 300 euros al mes a un sueldo fijo de 1.200
euros.
Un atrevido rayo de sol iluminó parte de aquella habitación animándote a
recordar el calor y el color de tu tierra. El agente de policía que nos había
llevado hasta allí voceó tu nombre interrumpiendo justo en el momento que
empezabas a plantearme unas vacaciones con destino a África, hipnotizado por la
descripción de sus paisajes, sus enormes ríos, bosques milenarios, playas
vírgenes y kilométricas, o sus seis paradisíacos parques naturales. Tu sonrisa
y una toallita para limpiar las manchas de tinta volvisteis a los pocos
minutos. Una simple toma de tus huellas dactilares y una mera comparación con
las de un camello de poca monta era lo que bastaba para que obtuvieras
justicia.
Fotografía de la colección particular de Anna Photos
Fotografía de la colección particular de Anna Photos.
Fotografía de la colección particular de Xavi Franco.
Fotografía de la colección del autor.
II
Ya se habían ido todos los integrantes de mi despacho cuando llamaron
insistentemente a la puerta. No sé porqué abrí ese día. Era tarde, no esperaba
visita y aposté dos contra uno a que se trataba de algún cliente ajeno en busca
de cualesquiera de los otros abogados que tienen despacho en el mismo edificio
que el mío y que se dedican al penal, a extranjería y a esos temas en los que
nunca me he metido ni querido meter.
Abrí resignado a mi suerte y acerté. Un hombretón negro, de mirada
ofuscada y semblante serio, se coló decidido en el recibidor al tiempo que
exigía hablar con el abogado.
- ¿ A quién está buscando? – te pregunté
torpemente, pues era obvio que buscabas al abogado.
- Al abogado.
- Ya. Pero ¿a qué abogado?
- Al que me va a llevar mi asunto.
- Lo que quería decirle es si pregunta
por algún abogado en concreto, si sabe su nombre.
- ¿Es Vd. abogado? -me preguntaste
clavando tus ojos en mi incomodidad mientras te quitabas un gorro de punto rojo
y gris.
- ¿Se me nota?
- Entonces es usted a quien busco –alzaste
la vista, divisaste la sala de reuniones más cercana a la entrada y allí que te
fuiste.
No me gustaba nada aquella situación. Entre que el día había sido
complicado, que eran cerca de las nueve y aun tenía que comprar algo para la
cena y pan para el desayuno y que, sobre todo, que tú no pertenecías a mi clase
de clientela, lo primero que me pasó por la cabeza fue reconducir la situación,
hacerme fuerte con el pomo de la puerta e invitarte a buscar un asesor más
apropiado. No sé si fue tu envergadura, tu aplastante decisión o tu mirada
angustiada lo que me impidió hacer caso a mi primer instinto. Encendí la luz de
la sala, te ofrecí asiento y te pregunté. Tras presentarnos, sacaste un
documento de un sobre amarillento, lo desplegaste y me lo diste a leer.
Provenía del Juzgado Penal de Ejecutorias de Valencia. Tenías que
presentarse allí y pagar una multa. No era muy elevada. Sesenta euros, si mal
no recuerdo. Pero si aquella multa te resultaba lesiva, la pena de un año de prisión
que acompañaba aquella, te trastornaba.
- Esto es una ejecución de una
sentencia, Baakir- afirmé con interés fingido.
- ¿Una ejecución? – Y lo dijiste como
si se tratara una ejecución con verdugo, guillotina y plebe enfebrecida
abarrotando una plaza.
- Quiero decir que hubo un juicio, te
juzgaron, te condenaron y ahora quieren que cumplas la sentencia.
- Yo no he tenido juicio. No puede
ser. Yo no he hecho nada. Yo estoy legal. Trabajo en una fábrica. - Yo no he
hecho nada - insistió varias veces.
- ¿Tú eres Baakir Ndiaye?
- ¿Se me nota? – y esbozaste una
sonrisa.
- ¡Je! Se te nota que te han condenado
porque has cometido un delito y ahora tienes que pagar por lo que hiciste.
Te llevaste tus enormes manos a la cabeza cubriendo con las palmas tus
ojos y con los dedos tu frente. Y guardaste silencio. Adiviné que llorabas.
Debí medir mejor mis palabras. En mi esfuerzo por ser claro para que me
entendieras te apabullé, te golpeé contra tu realidad sin recabar en tus
reiteradas afirmaciones de inocencia e incomprensión. Rompí el silencio
emplazándote al día siguiente, en el hall de la Ciudad de la Justicia, para
poder ver los autos y recabar más información.
- - ¿Cuánto le debo, abogado?
- - Me debe ser puntual. Mañana a las
9:30. Baakir. No falte. – y en mi medio sonrisa de despedida, volví a pensar,
como en otras ocasiones similares, que los clientes más humildes y con menos
recursos son los que suelen hacer esa pregunta a diferencia de los más
pudientes.
A la mañana siguiente y como consecuencia de obtener los autos en el
Juzgado, te expliqué que habías sido condenado por un delito contra la salud
pública en su modalidad de sustancias que no causan grave daño a la salud. En
la sentencia se recogían como hechos probados que en el mes de enero de 2008
una pareja de la policía local de paisano te vio contactar con un joven blanco
en la Plaza del Tossal para, tras unos instantes, encaminarte hacia la esquina
de la calle San Miquel donde cambiaste una bolsita blanca por un billete de
veinte euros. La policía interrumpió aquel negocio para cerciorarse de lo
obvio: en la pequeña bolsa había cinco gramos de marihuana. Identificaron al
hombre blanco -un erasmus inglés- y te detuvieron. Una vez en el Juzgado de
Guardia, reconociste los hechos y fuiste puesto en libertad.
Negabas con la cabeza a medida que te leía aquella resolución. Repetías
como un autómata que tú no habías tenido un juicio, que tú no habías hecho
nada. Para demostrarte tu error o tu mala memoria terminé de ojear los hechos
de la sentencia y dirigí mi atención al inicio de los documentos que componían
aquel Procedimiento Abreviado. Constaté la veracidad de, al menos, una de tus
reiteradas afirmaciones: el juicio se había celebrado en tu ausencia. Era
cierto que tú, el verdadero Baakir Ndiaye, no pudiste ser citado a juicio,
seguramente porque, entre medias de ambas situaciones, cambiaste de
domicilio.
La segunda de tus exculpaciones la intenté comprobar en el atestado de
la policía. Pero no pude hacerlo porque allí constaba que, cuando le pidieron
que se identificara, el traficante dijo llamarse igual que tú, Baakir Ndiaye,
dio el número de tu NIE, tu fecha de nacimiento y tu dirección exactas. Advertí
que todo ello lo hizo de palabra pues en las diligencias constaban dos
expresiones significativas “dice ser ...”
y “no lleva documentación”
que impedían corroborar tales datos personales. Aquella incertidumbre acabó por
doblegar mi reticencia y por concederte el beneficio de la duda. Por eso
decidimos aclarar el error con una prueba dactiloscópica.
Fotografías de la colección de Ángeles Martínez Cabrera.
III
Pasadas las fiestas recibí una llamada de la policía científica. Tus huellas y las del minorista en marihuana eran, efectivamente, distintas. Las del delincuente pertenecían a un individuo con varias detenciones (siete) que ya había hecho gala de esta estrategia en las comisarías de la provincia proporcionando falsas identidades. Creí, sin ninguna duda, que tú no conocías al individuo, ni sabías quién podía conocerle, ni cómo diantres obtuvo los datos de tu N.I.E, ni tu fecha de nacimiento, ni tu antigua dirección. La policía me anunció que, inmediatamente (como así fue) harían llegar el informe a Fiscalía. La sentencia era firme, irrecurrible. Por suerte, esta nueva prueba posibilitaba la interposición de un recurso extraordinario de revisión. Eso es lo que llevó a cabo el Ministerio Fiscal a principios del mes de febrero de 2010.
Algunos meses más tarde, a punto de salir hacia casa, llamaron a la
puerta de mi despacho. Estaba solo y, como ya vengo haciendo desde que tú
invadiste mi sala de espera, me aventuré a abrir. Eras tú, radiante y ufano,
mostrando la carta que te había llegado, nada más y nada menos que del Tribunal
Supremo.
- ¿Abogado? – te gustaba llamarme imitando al doblador de Robert de Niro en el “Cabo del Miedo”- ¡El Supremo! ¿A qué soy importante?
- ¿Abogado? – te gustaba llamarme imitando al doblador de Robert de Niro en el “Cabo del Miedo”- ¡El Supremo! ¿A qué soy importante?
Efectivamente: el Tribunal Supremo acordaba darte traslado para que, si así lo querías, te fuera nombrado abogado y procurador de turno de oficio. Insistí en que no te hacía falta, que yo te asistiría sin coste alguno, pero te negaste. No querías molestarme, ni querías limosnas, decías. Conecté el ordenador de nuevo para redactar el escrito que te posibilitara comparecer ante el Alto Tribunal y solicitar defensa y representación procesal de oficio. Me volviste a preguntar cuánto me debías y cuando te negué pago alguno me regalaste tu amuleto grisgrís. Tras un apretón de manos te despediste de mi. Suponía que para siempre.
Dos años más tarde volviste a contactar conmigo. Estabas contrariado. No
podías renovar tu permiso de residencia de larga duración. Y no podías
renovarlo por culpa de aquella maldita y errónea sentencia que, todavía viva,
emborronaba tus, otrora, limpios antecedentes penales. Por si fuera poco, en la
fábrica donde trabajabas, radio macuto anunciaba la inminente llegada de un
Concurso de Acreedores o de un ERE, o de los dos. Tales amenazas te apremiaban
aún más, porque, sin los papeles en regla, no tenías derecho ni al paro. Aun
sin experiencia en estas lides medio te aseguré que un asunto como el que nos
ocupaba sería resuelto rápidamente por el Supremo. Averigüé que la tramitación
del recurso se retrasó indebida y desafortunadamente en razón a la designación
de abogado y procurador de oficio. Más concretamente por la falta de respuesta del
Colegio de Abogados y del de Procuradores de Madrid, primero y por la respuesta
negativa después. Hice varias gestiones, presenté escritos, repartí
impugnaciones para unos y otros, designé la dirección de mi despacho como
domicilio para tus notificaciones hasta que, pasado un tiempo, recibí la
Sentencia del Tribunal Supremo.
Ante el retraso de la asistencia letrada solicitada, la sencillez del
asunto y la presunción de que tú no te opondrías a la pretensión del Ministerio
Fiscal, absolutamente favorable a tus derechos, la Sala Segunda decidió no
esperar más, y tras dos años, dos meses y un día, tiró por la calle de en medio
y dictó sentencia cuyo fallo declaró la nulidad de la dictada por el Juzgado de
lo Penal que te había condenado equivocadamente, mandando al Juzgado
correspondiente de los de Instrucción de Valencia a que procediera a realizar
un nueva instrucción de la causa contra quien resultara responsable de los
hechos enjuiciados. Nada más.
¡Por fin! No perdí un segundo en llamarte al número de móvil que me
facilitaste la última vez que tuviste a bien sorprenderme con una de tus
inoportunas visitas de última hora de la tarde. Los tonos de la llamada se
agotaron tras un prolongada espera, así que volví a pulsarlos lenta y
concienzudamente fijándome en la corrección de aquellos dígitos. Pero había
marcado bien. Nadie descolgaba aquel teléfono. Reiteré la operación hasta
finalizar la jornada. Y justo antes de irme, como si se tratara de un homenaje
a tu fastidiosa costumbre de presentarte en el despacho cuando ya me voy, tu
móvil dejó de tutearme y una voz ocupó su lugar:
- ¿Quién es? –me contestó una voz que
no reconocía
- Soy el abogado de Baakir, necesito
hablar con él. ¿Quién es usted
- Soy Ydrick, compartía piso con él.
- ¿Compartía piso? ¿Qué dónde está
Baakir? ¿Se ha trasladado? ¿Está enfermo?
- Se lo han llevado. Hace dos días que
no está en casa.
- ¿Quién se lo ha llevado?
- La policía.
En el mes de septiembre de 2012, un avión de la compañía Air Europa, la
misma con la que estuve apunto de volar para pasar unos días de vacaciones en
las playas de Senegal, se disponía a cubrir las cinco horas que separan el
aeropuerto de Barajas del de Saint Louis. En la soledad de la pista de
despegue, alejada de ojos curiosos, calentaba los motores el Airbus 330/200 que
iba a transportar y transportó a un centenar de senegaleses sin más equipaje
que una bolsa de plástico cerrada herméticamente donde se arremolinaban objetos
personales y unos cuantas ilusiones hechas pedazos. Sus escoltas completaban
los dos tercios del pasaje. Eran policías de la UCER armados con deslumbrantes
chalecos. Los deportados habían sido trasladados a un inmenso hangar del
aeropuerto madrileño desde las comisarías de Aluche, Málaga, Almería, Alicante,
Zaragoza.... Tú “tomaste” el autobús desde la comisaría de Zapadores en
Valencia junto a otra decena de compatriotas. Esta vez sí, mira tú por donde,
fuiste localizado correctamente en tu domicilio y detenido para ser deportación
ante la ilegalidad de tu situación documental.
Durante la tarde averigüé que el avión despegaba a las 06:00 de la
mañana siguiente. A eso de las nueve de la noche –y no me preguntes cómo- logré
contactar con el Magistrado del Juzgado de lo Penal que dictó la sentencia
anulada. A través del auricular me pareció oír la musiquilla del Telediario. Me
lo imaginé en pantuflas, arropado por una bata de guatiné atendiendo a mi
llamada desde un sillón orejero de cuadros escoceses. Mientras hablábamos le
envié la sentencia del Supremo por fax y, al recibirla, se comprometió a ponerse
manos a la obra (entonces le imaginé arremangándose batín y pijama) y a
solucionarnos el problema. Antes hube contactado con el Ministerio del Interior
y con el exterior e interior del aeropuerto, hasta conseguir el número del
teléfono del hangar y un nombre al que dirigirme. Un par horas después descolgaron aquel receptor y pude
tratar con el Jefe del Dispositivo de la Unidad Central de Expulsiones y
Repatriaciones de la policía que, afortunadamente, se hizo cargo de la
situación. Sólo tenía que conseguir una orden del Juez para impedir que subieras
a ese avión y enviársela antes de la hora en que estaba previsto el embarque,
antes de las 5:00 a.m. A las 4:52 a.m. el mando de la policía recibía la orden
judicial escaneada en su móvil (no había fax en aquel hangar) y con un pie en
la escalerilla, un hombre vestido con una camiseta oficial del Valencia C.F.,
quedó libre.
Fotografía de la colección privada de Blanca Estoydepaso.
Fotografía de la colección privada de Pilar Silvestre.
IV
La pasada Navidad recibí tu postal. Me felicitabas las fiestas desde la
rue Carnot de la ciudad de Dakar donde te has trasladado a vivir con tu familia
y abierto una tienda de reparación y venta de ordenadores. Sé que ya no volverás.
Consideras suficiente fortuna lo que percibiste como indemnización en el ERE
junto con el saldo de tus ahorrillos.
Dentro del sobre en el que iba la felicitación había algo más. Era una
fotocopia de una fotografía donde aparecías junto a un jugador de fútbol con
una dedicatoria:
“Que tus sueños se hagan realidad.
Para Baakir, con afecto de Claudio El Piojo López.”
Pues eso, Baakir, que se hagan realidad.














Me engañaste Manuel, me dijiste que era un relato largo y mas bien lleno de conceptos jurídicos que podía resultarme aburrido.... pues me ha encantado, se me ha hecho corto, y es un relato lleno de humanidad. Felicidades!
ResponderEliminarNo era mi pretensión engañarte. Es una historia cruda basada en hechos reales; que parte de un hecho jurídico. En concreto, nace de una sentencia del Tribunal Supremo que anula otra de un Juzgado de Barcelona que condenaba equivocadamente a un inmigrante. El resto de visicitudes han sido y son vividas por inmigrantes en España, con o sin estudios. Toooodo es cierto. Las vías y forma de entrar en España, los precios, sus condiciones laborales, los acinamientos en los centros de atención, las repatriaciones, etc, etc. Por ejemplo.... en la Rue Carnot de Dakar existe un pequeño negocio de informática como el que monta el personaje.
ResponderEliminarY me encanta que te haya encantado. Gracias guapa.