BAAKIR. (IV CERTÁMEN DE RELATOS CRIMINALES ICAV)


Fotografía y maquetado de David Marí Frasquet.




BAAKIR

I
El calor del sol navideño se negaba a entrar en aquella salita inhóspita de la Jefatura Superior de Policía. Te ibas a someter, por iniciativa propia, a una prueba dactiloscópica. Tus manos largas y fuertes, se presentaban ajadas por el que entonces era tu trabajo en una fábrica de muebles en Beniparrell. Ganabas algo más de mil euros. Lo suficiente para sobrevivir y enviar algo de dinero a tus dos esposas y a tus cuatro hijos –un retoño por cada vez que volvías a tu tierra, por vacaciones-. Creías tener treinta y dos años. Naciste en una aldea de pescadores a unos cien kilómetros de Dakar. Allí, una mafia relacionada con la concesión de licencias para la pesca te arrebató a tu padre de dos tiros cuando, según tus cuentas, apenas habías cumplido siete años de edad. Desde entonces hasta que te viniste a Europa vivías anejo a dos sueños: volver a Senegal con suficiente dinero para que tu madre y tus cuatro hermanos vivieran cómodamente el resto de sus vidas y conseguir un autógrafo de El Piojo López. Y es que, a diferencia de la inmensa mayoría de tus amigos, seguidores del Barcelona C.F. y del futbolista Zinedine Zidane, todavía no sé por qué extraña razón, eras aficionados del Valencia C.F. (como yo).

Con una camiseta antirreglamentaria del equipo che y una pequeña bolsa de deportes con todas tus pertenencias, tomaste un vuelo hacia París aprovechando un visado como estudiante de tercer curso de informática. Seguramente tenías 21 años. Era la forma más fácil, cómoda, rápida y, por supuesto, menos peligrosa de entrar en Europa. También la más cara. Aquel viaje dejó a cero los 3.000 euros que habías conseguido imprimir, en tu libreta de ahorros, con tintas de sudor y ayuno. Sin embargo, una vez en el aeropuerto Charles de Gaulle, la policía francesa no te dejó pasar de la terminal. Aun no te explicas por qué. Muchos de tus primos lograron entrar así en el viejo y achacoso continente. No te rendiste. En cuanto pudiste ahorrar otra pequeña fortuna volviste a intentarlo. En la segunda ocasión, arriesgaste la vida. Pudiste jugártela en un cayuco, desde Mauritania a las Islas Canarias, pero tú querías alcanzar la península, querías llegar a Valencia. Así que lo intentaste por el estrecho, por Algeciras.

Cruzaste el desierto del Sahara para llegar a Marruecos, a Tetuán. Esperaste trapicheando durante meses hasta conseguir  “billete” con destino Cádiz. El 6 de enero de 2000, el día de Reyes, te personaste en un punto de la costa entre Tetuán y Al Hoceima. Aprovechando la relajación de la vigilancia costera y un mar dormido, partiste en un bote a motor capitaneado por un ex-soldado mauritano, junto a otros dieciocho jóvenes senegaleses, marroquíes y malíes. El viaje a la tierra de las oportunidades valía un mal rato y 800 euros. Remasteis mar adentro sin hacer ruido y, cuando de la tierra a penas divisabais una línea engullida por el mar, navegasteis a motor hasta que se acabó la gasolina. La luz de la Luna dejó de delatar vuestra posición. Mar rizada. El temporal no tuvo a bien avisaros. En instantes, lo rizos dieron paso a los bucles y a la proa le dio por jugar al escondite con las olas. Te sentías dentro de un inmenso tintero cada vez más agitado. Hinchado de Coca-cola y arroz, asido fuertemente a la borda, no podías moverte preso del hacinamiento, de un frío asesino y de un miedo intenso. Además del estrépito de los pantocazos del casco, empeñado en estrellarse contra el oleaje desde cada vez más altura, y del continuo choque de los cañonazos del viento contra vuestros insignificantes cuerpos, oíste, en varias ocasiones, un grito desgarrado. Alguien del pasaje quería tirarse al agua. Tú no, Baakir, tú no. Porque tú, que ni sabías nadar ni hubieras podido hacerlo por tu aterimiento, dedicabas las pocas fuerzas que te quedaban a animarte a ti mismo. “Resiste Baakir, resiste”. Sabías que si aflojabas la mano caerías al agua y nada ni nadie te ayudaría,  ni tan siquiera el amuleto grisgrís al que se aferraba tu otra mano. Acababas de encomendarte a la voluntad de Alá (en wolof, tu idioma natal), cuando advertiste la luz azul de una patrulla de la Guardia Civil (que, por lo visto, no toma roscón de Reyes). Tuviste tiempo de deshincharte del arroz y de la chispa de la vida, de recordar a la familia y al viejo cayuco de baobab que, por toda herencia, dejó tu padre, de arrepentirte por haber deseado morir rápido envuelto de angustia e hipotermia y de dar gracias a la benemérita por su más que oportuno auxilio.  A tres de tus compañeros de travesía, el mar terminó por ahogar sus sueños y con ellos, sus vidas.

En el Centro de Internamiento de Extranjeros “La Piñera” de Algeciras a penas estuviste unas semanas. No había sitio. No había aire. Allí te agradecieron la visita con una orden de expulsión en merito a la negativa a descubrir tu país de procedencia. Un primo-hermano te enseñó que si las autoridades no sabían de donde eras originario no podrían repatriarte.  Estabas allí, en España y estabas vivo. Lo habías conseguido. Tus plegarias dieron fruto y el camino se te mostraba serpenteante, pero se te mostraba. Resultó más recto gracias a la ayuda de un voluntario de la Cruz Roja con la que pudiste comprar un billete de autobús en busca de la dedicatoria de El Piojo López. Cuando llegaste a Valencia (ese día tu ídolo marcó dos goles), pernoctaste en un centro de acogida de Caritas. Pero también llegaste a hacerlo bajo el puente de Ademuz en el jardín del cauce del río Turia, hasta conseguir un trabajo de vendedor de deuvedés piratas  -por el que llegabas a obtener diez euros al día- y poder compartir piso y demás gastos esenciales con otros jóvenes senegaleses.

Me contabas tu historia con una sonrisa de oreja a oreja, seguro de que el examen al que ibas a someter a las yemas de tus dedos demostraría tu inocencia y acabaría con tu pesadilla. Hablabas un español magnífico y hacías continuo uso de expresiones cotidianas sorprendentes. ¿Cómo era aquello que decías consciente de tu salero? ¡Ah, sí!: “¡No pot ser, che!”. En África vivías en la miseria y en España casi. Pese a que las condiciones laborales que te ofrecieron aquí eran ínfimas o, simplemente, no eran, todo tu infortunio lo dabas por bueno convencido de que no tardarías en encontrar un trabajo que incrementara con rapidez el saldo de tu flamante libreta de ahorros. Fuiste recolector de naranja, vendedor ambulante de baratijas, obrero de la construcción y cuidador de ancianos, hasta que te ofrecieron ser tupista y pasar de ganar -o no- 300 euros al mes a un sueldo fijo de 1.200 euros.

Un atrevido rayo de sol iluminó parte de aquella habitación animándote a recordar el calor y el color de tu tierra. El agente de policía que nos había llevado hasta allí voceó tu nombre interrumpiendo justo en el momento que empezabas a plantearme unas vacaciones con destino a África, hipnotizado por la descripción de sus paisajes, sus enormes ríos, bosques milenarios, playas vírgenes y kilométricas, o sus seis paradisíacos parques naturales. Tu sonrisa y una toallita para limpiar las manchas de tinta volvisteis a los pocos minutos. Una simple toma de tus huellas dactilares y una mera comparación con las de un camello de poca monta era lo que bastaba para que obtuvieras justicia.

 Fotografía de la colección particular de Anna Photos

Fotografía de la colección particular de Anna Photos.


Fotografía de la colección particular de Xavi Franco.


  Fotografía de la colección del autor.

 Fotografía de la colección del autor.

 Fotografía de la colección del autor.




II

Ya se habían ido todos los integrantes de mi despacho cuando llamaron insistentemente a la puerta. No sé porqué abrí ese día. Era tarde, no esperaba visita y aposté dos contra uno a que se trataba de algún cliente ajeno en busca de cualesquiera de los otros abogados que tienen despacho en el mismo edificio que el mío y que se dedican al penal, a extranjería y a esos temas en los que nunca me he metido ni querido meter.

Abrí resignado a mi suerte y acerté. Un hombretón negro, de mirada ofuscada y semblante serio, se coló decidido en el recibidor al tiempo que exigía hablar con el abogado.

- ¿ A quién está buscando? – te pregunté torpemente, pues era obvio que buscabas al abogado.
- Al abogado.
- Ya. Pero ¿a qué abogado?
-  Al que me va a llevar mi asunto.
-  Lo que quería decirle es si pregunta por algún abogado en concreto, si sabe su nombre.
- ¿Es Vd. abogado? -me preguntaste clavando tus ojos en mi incomodidad mientras te quitabas un gorro de punto rojo y gris.
-  ¿Se me nota?
-  Entonces es usted a quien busco –alzaste la vista, divisaste la sala de reuniones más cercana a la entrada y allí que te fuiste.

No me gustaba nada aquella situación. Entre que el día había sido complicado, que eran cerca de las nueve y aun tenía que comprar algo para la cena y pan para el desayuno y que, sobre todo, que tú no pertenecías a mi clase de clientela, lo primero que me pasó por la cabeza fue reconducir la situación, hacerme fuerte con el pomo de la puerta e invitarte a buscar un asesor más apropiado. No sé si fue tu envergadura, tu aplastante decisión o tu mirada angustiada lo que me impidió hacer caso a mi primer instinto. Encendí la luz de la sala, te ofrecí asiento y te pregunté. Tras presentarnos, sacaste un documento de un sobre amarillento, lo desplegaste y me lo diste a leer.

Provenía del Juzgado Penal de Ejecutorias de Valencia. Tenías que presentarse allí y pagar una multa. No era muy elevada. Sesenta euros, si mal no recuerdo. Pero si aquella multa te resultaba lesiva, la pena de un año de prisión que acompañaba aquella, te trastornaba.


-  Esto es una ejecución de una sentencia, Baakir- afirmé con interés fingido. 
- ¿Una ejecución? – Y lo dijiste como si se tratara una ejecución con verdugo, guillotina y plebe enfebrecida abarrotando una plaza.
- Quiero decir que hubo un juicio, te juzgaron, te condenaron y ahora quieren que cumplas la sentencia.
- Yo no he tenido juicio. No puede ser. Yo no he hecho nada. Yo estoy legal. Trabajo en una fábrica.  -  Yo no he hecho nada - insistió varias veces.
-   ¿Tú eres Baakir Ndiaye?
-  ¿Se me nota? – y esbozaste una sonrisa.
-  ¡Je! Se te nota que te han condenado porque has cometido un delito y ahora tienes que pagar por lo que hiciste.

Te llevaste tus enormes manos a la cabeza cubriendo con las palmas tus ojos y con los dedos tu frente. Y guardaste silencio. Adiviné que llorabas. Debí medir mejor mis palabras. En mi esfuerzo por ser claro para que me entendieras te apabullé, te golpeé contra tu realidad sin recabar en tus reiteradas afirmaciones de inocencia e incomprensión. Rompí el silencio emplazándote al día siguiente, en el hall de la Ciudad de la Justicia, para poder ver los autos y recabar más información.

-   - ¿Cuánto le debo, abogado?
-   - Me debe ser puntual. Mañana a las 9:30. Baakir. No falte. – y en mi medio sonrisa de despedida, volví a pensar, como en otras ocasiones similares, que los clientes más humildes y con menos recursos son los que suelen hacer esa pregunta a diferencia de los más pudientes.

A la mañana siguiente y como consecuencia de obtener los autos en el Juzgado, te expliqué que habías sido condenado por un delito contra la salud pública en su modalidad de sustancias que no causan grave daño a la salud. En la sentencia se recogían como hechos probados que en el mes de enero de 2008 una pareja de la policía local de paisano te vio contactar con un joven blanco en la Plaza del Tossal para, tras unos instantes, encaminarte hacia la esquina de la calle San Miquel donde cambiaste una bolsita blanca por un billete de veinte euros. La policía interrumpió aquel negocio para cerciorarse de lo obvio: en la pequeña bolsa había cinco gramos de marihuana. Identificaron al hombre blanco -un erasmus inglés- y te detuvieron. Una vez en el Juzgado de Guardia, reconociste los hechos y fuiste puesto en libertad.

Negabas con la cabeza a medida que te leía aquella resolución. Repetías como un autómata que tú no habías tenido un juicio, que tú no habías hecho nada. Para demostrarte tu error o tu mala memoria terminé de ojear los hechos de la sentencia y dirigí mi atención al inicio de los documentos que componían aquel Procedimiento Abreviado. Constaté la veracidad de, al menos, una de tus reiteradas afirmaciones: el juicio se había celebrado en tu ausencia. Era cierto que tú, el verdadero Baakir Ndiaye, no pudiste ser citado a juicio, seguramente porque, entre medias de ambas situaciones, cambiaste de domicilio.   

La segunda de tus exculpaciones la intenté comprobar en el atestado de la policía. Pero no pude hacerlo porque allí constaba que, cuando le pidieron que se identificara, el traficante dijo llamarse igual que tú, Baakir Ndiaye, dio el número de tu NIE, tu fecha de nacimiento y tu dirección exactas. Advertí que todo ello lo hizo de palabra pues en las diligencias constaban dos expresiones significativas “dice ser ...”  y  “no lleva documentación” que impedían corroborar tales datos personales. Aquella incertidumbre acabó por doblegar mi reticencia y por concederte el beneficio de la duda. Por eso decidimos aclarar el error con una prueba dactiloscópica.



Fotografías de la colección de Ángeles Martínez Cabrera.













                                      






III


Pasadas las fiestas recibí una llamada de la policía científica. Tus huellas y las del minorista en marihuana eran, efectivamente, distintas. Las del delincuente pertenecían a un individuo con varias detenciones (siete) que ya había hecho gala de esta estrategia en las comisarías de la provincia proporcionando falsas identidades.  Creí, sin ninguna duda, que tú no conocías al individuo, ni sabías quién podía conocerle, ni cómo diantres obtuvo los datos de tu N.I.E, ni tu fecha de nacimiento, ni tu antigua dirección. La policía me anunció que, inmediatamente (como así fue) harían llegar el informe a Fiscalía. La sentencia era firme, irrecurrible. Por suerte, esta nueva prueba posibilitaba la interposición de un recurso extraordinario de revisión. Eso es lo que llevó a cabo el Ministerio Fiscal a principios del mes de febrero de 2010.

Algunos meses más tarde, a punto de salir hacia casa, llamaron a la puerta de mi despacho. Estaba solo y, como ya vengo haciendo desde que tú invadiste mi sala de espera, me aventuré a abrir. Eras tú, radiante y ufano, mostrando la carta que te había llegado, nada más y nada menos que del Tribunal Supremo.

- ¿Abogado? – te gustaba llamarme imitando al doblador de Robert de Niro en el “Cabo del Miedo”-  ¡El Supremo! ¿A qué soy importante?

Efectivamente: el Tribunal Supremo acordaba darte traslado para que, si así lo querías, te fuera nombrado abogado y procurador de turno de oficio. Insistí en que no te hacía falta, que yo te asistiría sin coste alguno, pero te negaste. No querías molestarme, ni querías limosnas, decías. Conecté el ordenador de nuevo para redactar el escrito que te posibilitara comparecer ante el Alto Tribunal y solicitar defensa y representación procesal de oficio. Me volviste a preguntar cuánto me debías y cuando te negué pago alguno me regalaste tu amuleto grisgrís. Tras un apretón de manos te despediste de mi.  Suponía que para siempre.

Dos años más tarde volviste a contactar conmigo. Estabas contrariado. No podías renovar tu permiso de residencia de larga duración. Y no podías renovarlo por culpa de aquella maldita y errónea sentencia que, todavía viva, emborronaba tus, otrora, limpios antecedentes penales. Por si fuera poco, en la fábrica donde trabajabas, radio macuto anunciaba la inminente llegada de un Concurso de Acreedores o de un ERE, o de los dos. Tales amenazas te apremiaban aún más, porque, sin los papeles en regla, no tenías derecho ni al paro. Aun sin experiencia en estas lides medio te aseguré que un asunto como el que nos ocupaba sería resuelto rápidamente por el Supremo. Averigüé que la tramitación del recurso se retrasó indebida y desafortunadamente en razón a la designación de abogado y procurador de oficio. Más concretamente por la falta de respuesta del Colegio de Abogados y del de Procuradores de Madrid, primero y por la respuesta negativa después. Hice varias gestiones, presenté escritos, repartí impugnaciones para unos y otros, designé la dirección de mi despacho como domicilio para tus notificaciones hasta que, pasado un tiempo, recibí la Sentencia del Tribunal Supremo.

Ante el retraso de la asistencia letrada solicitada, la sencillez del asunto y la presunción de que tú no te opondrías a la pretensión del Ministerio Fiscal, absolutamente favorable a tus derechos, la Sala Segunda decidió no esperar más, y tras dos años, dos meses y un día, tiró por la calle de en medio y dictó sentencia cuyo fallo declaró la nulidad de la dictada por el Juzgado de lo Penal que te había condenado equivocadamente, mandando al Juzgado correspondiente de los de Instrucción de Valencia a que procediera a realizar un nueva instrucción de la causa contra quien resultara responsable de los hechos enjuiciados. Nada más.

¡Por fin! No perdí un segundo en llamarte al número de móvil que me facilitaste la última vez que tuviste a bien sorprenderme con una de tus inoportunas visitas de última hora de la tarde. Los tonos de la llamada se agotaron tras un prolongada espera, así que volví a pulsarlos lenta y concienzudamente fijándome en la corrección de aquellos dígitos. Pero había marcado bien. Nadie descolgaba aquel teléfono. Reiteré la operación hasta finalizar la jornada. Y justo antes de irme, como si se tratara de un homenaje a tu fastidiosa costumbre de presentarte en el despacho cuando ya me voy, tu móvil dejó de tutearme y una voz ocupó su lugar:

-   ¿Quién es? –me contestó una voz que no reconocía
 Soy el abogado de Baakir, necesito hablar con él. ¿Quién es usted
- Soy Ydrick, compartía piso con él.
¿Compartía piso? ¿Qué dónde está Baakir? ¿Se ha trasladado? ¿Está enfermo?
- Se lo han llevado. Hace dos días que no está en casa.
- ¿Quién se lo ha llevado?
- La policía.

En el mes de septiembre de 2012, un avión de la compañía Air Europa, la misma con la que estuve apunto de volar para pasar unos días de vacaciones en las playas de Senegal, se disponía a cubrir las cinco horas que separan el aeropuerto de Barajas del de Saint Louis. En la soledad de la pista de despegue, alejada de ojos curiosos, calentaba los motores el Airbus 330/200 que iba a transportar y transportó a un centenar de senegaleses sin más equipaje que una bolsa de plástico cerrada herméticamente donde se arremolinaban objetos personales y unos cuantas ilusiones hechas pedazos. Sus escoltas completaban los dos tercios del pasaje. Eran policías de la UCER armados con deslumbrantes chalecos. Los deportados habían sido trasladados a un inmenso hangar del aeropuerto madrileño desde las comisarías de Aluche, Málaga, Almería, Alicante, Zaragoza.... Tú “tomaste” el autobús desde la comisaría de Zapadores en Valencia junto a otra decena de compatriotas. Esta vez sí, mira tú por donde, fuiste localizado correctamente en tu domicilio y detenido para ser deportación ante la ilegalidad de tu situación documental.

Durante la tarde averigüé que el avión despegaba a las 06:00 de la mañana siguiente. A eso de las nueve de la noche –y no me preguntes cómo- logré contactar con el Magistrado del Juzgado de lo Penal que dictó la sentencia anulada. A través del auricular me pareció oír la musiquilla del Telediario. Me lo imaginé en pantuflas, arropado por una bata de guatiné atendiendo a mi llamada desde un sillón orejero de cuadros escoceses. Mientras hablábamos le envié la sentencia del Supremo por fax y, al recibirla, se comprometió a ponerse manos a la obra (entonces le imaginé arremangándose batín y pijama) y a solucionarnos el problema. Antes hube contactado con el Ministerio del Interior y con el exterior e interior del aeropuerto, hasta conseguir el número del teléfono del hangar y un nombre al que dirigirme.  Un par horas después descolgaron aquel receptor y pude tratar con el Jefe del Dispositivo de la Unidad Central de Expulsiones y Repatriaciones de la policía que, afortunadamente, se hizo cargo de la situación. Sólo tenía que conseguir una orden del Juez para impedir que subieras a ese avión y enviársela antes de la hora en que estaba previsto el embarque, antes de las 5:00 a.m. A las 4:52 a.m. el mando de la policía recibía la orden judicial escaneada en su móvil (no había fax en aquel hangar) y con un pie en la escalerilla, un hombre vestido con una camiseta oficial del Valencia C.F., quedó libre.




 Fotografía de la colección privada de Blanca Estoydepaso.



Fotografía de la colección privada de Pilar Silvestre.


IV

La pasada Navidad recibí tu postal. Me felicitabas las fiestas desde la rue Carnot de la ciudad de Dakar donde te has trasladado a vivir con tu familia y abierto una tienda de reparación y venta de ordenadores. Sé que ya no volverás. Consideras suficiente fortuna lo que percibiste como indemnización en el ERE junto con el saldo de tus ahorrillos.
Dentro del sobre en el que iba la felicitación había algo más. Era una fotocopia de una fotografía donde aparecías junto a un jugador de fútbol con una dedicatoria:
Que tus sueños se hagan realidad. Para Baakir, con afecto de Claudio El Piojo López.”

Pues eso, Baakir, que se hagan realidad.




                                     Fotografía de la colección particular de Bruno Watieaux.



Comentarios

  1. angeles martinez cabrera7 de julio de 2014 a las 13:46

    Me engañaste Manuel, me dijiste que era un relato largo y mas bien lleno de conceptos jurídicos que podía resultarme aburrido.... pues me ha encantado, se me ha hecho corto, y es un relato lleno de humanidad. Felicidades!

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  2. No era mi pretensión engañarte. Es una historia cruda basada en hechos reales; que parte de un hecho jurídico. En concreto, nace de una sentencia del Tribunal Supremo que anula otra de un Juzgado de Barcelona que condenaba equivocadamente a un inmigrante. El resto de visicitudes han sido y son vividas por inmigrantes en España, con o sin estudios. Toooodo es cierto. Las vías y forma de entrar en España, los precios, sus condiciones laborales, los acinamientos en los centros de atención, las repatriaciones, etc, etc. Por ejemplo.... en la Rue Carnot de Dakar existe un pequeño negocio de informática como el que monta el personaje.

    Y me encanta que te haya encantado. Gracias guapa.

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